En mi país estoy,
en mi casa, en mi cuarto,
en mi destierro.
Leve es el crepúsculo. Apenas
si las cosas existen:
mis libros en el suelo, tibio el aire
encerrado en la luz escondida
en sus hilos de alambre.
Me rodea el silencio y
-alguna vez-
es alegre el destierro.
Cuando acaba la noche,
brota el cielo y se asoma
a mi ventana,
el aire me entristece
y enciendo el cigarrillo
del destierro.
A raudales entra la luz:
brilla en mis ojos, se empoza
en las almohadas,
estalla
sobre un vaso con flores
en mi mesa.
Yo vivo sin cesar
en el destierro.
(De Destierro por vida)
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